La ansiedad como forma preventiva o de defensa cognitiva, puede provocar de forma inmediata una serie de respuestas en el sistema nervioso con la finalidad de poner a salvo la vida. Quizá lo más llamativo de la respuesta de la ansiedad son las reacciones somáticas que la acompañan, y que suelen hacer pensar a las personas que los experimentan en la posibilidad de padecer un problema médico grave, o incluso en que su muerte puede ser inminente.
La ansiedad se produce al interpretar el cerebro que hay un peligro cuando la realidad es que no hay nada que esté poniendo en peligro la vida. Por muy seguro que pueda parecer todo, la cabeza de aquel que sufre la ansiedad, interpreta un peligro interpreta como cierto e inmediatamente produce síntomas, siendo la conducta motora consecuente la de huída o evitación.
Para citar un ejemplo que logre demostrar como opera en la mente la ansiedad, podríamos decir que si frente a un examen, el mensaje que escucha el cerebro de una persona con la ansiedad es “estoy nervioso, voy a reprobar”, automáticamente responderá preparándose para la catástrofe, el problema es que la estrategia que genera lejos de solucionar el problema, lo empeora más. Ese pensamiento puede ser una imagen mental (de uno mismo o de otra persona o situación), un sonido (nuestra propia voz, las palabras de alguien, un ruido o música), o una sensación en el cuerpo (un cosquilleo, frío o calor, etc.).
En general, el cerebro humano no retiene por extensión lo que piensa, o lo que dice, no obstante estos mensajes, estas ideas automatizadas que dominan la mente son responsables del comienzo o del mantenimiento de la ansiedad. En algunas ocasiones es posible darse cuenta, racionalmente, de que no son verdad, sin embargo a nivel emocional la mente que sufre la ansiedad “siente que son verdad”, pues el sistema de alarma que son las emociones ha saltado y pretende alejarnos de la situación de amenaza.
De esta forma se van haciendo frecuentes preocupaciones desproporcionadas por hechos de la vida cotidiana, o se mantienen sensaciones y mensajes de horror intenso ante el recuerdo a lo largo de meses o años de un acontecimiento traumático, síntomas propios de la ansiedad.
La consecuencia natural de estos pensamientos y reacciones fisiológicas es el escape, evitar de aquello que creemos que las producen. Cuando se produce una evitación o escape sistemático del estímulo temido se habla de la existencia de una fobia.
En un principio, la conducta manifiesta de escape o evitación de las situaciones en las que se ha dado una reacción o crisis de la ansiedad es lo normal, la retirada progresiva de las situaciones de la vida diaria que son interpretadas como amenazantes o el escape de ellas si se encuentran de forma imprevista se va implantando poco a poco hasta llegar, en ciertos casos el aislamiento casi total del entorno, es sólo en este momento cuando muchas personas que padecen de la ansiedad se dan cuenta que su enemigo no está fuera, sino dentro, y que la ansiedad no se combate con la retirada sino con el afrontamiento y conocimiento de sus mecanismos.